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La Historia del Milagro

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No podemos dejar de referirnos la imagen de la Virgen de las Lágrimas que fue y es motivo de mucha devoción en la feligresía salteña. Esta imagen participa en la procesión que en honor de las Sagradas imágenes del Señor y Virgen del Milagro se practican en esta ciudad desde 1692 hasta la fecha.

La transcripción de los siguientes documentos se ha extraído del libro El Señor y la Virgen del Milagro de Salta escrito por J. Toscano en el año 1901 y es la que sigue a continuación:
En un libro del Cabildo de Salta, que se usó entre los años 1747 y 1767, en su página 99 se halla un exhorto del Cabildo dirigido al Padre Pedro Lizoain Rector del Colegio de la Compañía de Jesús para que ...se sirva certificar en manera que haga fe con los demás Reverendos Padres de este Colegio, que reconocieron el prodigio y toda las circunstancias que en él ocurrieron desde el día 4 de Agosto en la noche en que se manifestó hasta en el que cesó, y se nos devuelva para pasar a las demás diligencias conducentes, o autenticarlo con las otras personas que lo vieron y admiraron... (fechado en Salta, a 29 de Agosto de 1749).

La respuesta del Rector del Colegio de la Compañía no se hizo esperar, ya que con fecha 3 de octubre de ese mismo año se elevó la respuesta al exhorto del Cabildo. Describe prolijamente lo ocurrido en aquella circunstancia por lo que se transcribe el mismo:

RESPUESTA DEL P. RECTOR
El Padre Pedro Lizoain, de la Compañía de Jesús, Rector del Colegio de esta Ciudad de Salta, al muy Ilustre Cabildo Justicia y Regimiento de la misma Ciudad de Salta: hago saber como por parte de Va. Señoría se me ha intimado un exhorto proveído en su Sala Capitular el día 29 de Agoto de 1749, cuyo contexto se dirige a que como testigo ocular y doméstico, dé certificación de una imagen de Ntra. Señora que estaba en el aposento, y testimonio que haga fe en juicio y fuera de él, como también los demás sujetos de este Colegio que fueron asimismo testigos oculares del extraordinario y prodigioso sudor y lágrimas que se notaron en una imagen de Nuestra Señora que estaba en el aposento inmediato a la Sacristía de este Colegio, hoy se venera sobre el Sagrario en el Altar mayor de esta Santa Iglesia para que sobre este fundamento se puedan actuar las otras diligencias que fueren necesarias, y convenientes para autenticar este singular suceso, con las circunstancias notables que sucedieron en él a mayor honra y gloria de Dios Ntro. Señor, y de su Santísima Madre la Virgen María, cuya protección y singular amor esta ciudad se ha manifestado otras veces con tan repetidos y patentes milagros que le ha merecido justamente entre sus habitantes el nombre de Nuestra Señora del Milagro, título con que se venera en esta Iglesia Matriz una imagen de Nuestra Señora, jurada por singular Patrona y Abogada de esta Ciudad desde el año de 1692 del siglo pasado, en que experimentó la singular milagrosa protección de esta soberana Señora en el caso del temblor, víspera del dulcísimo nombre de María, y ahora añadiendo nueva obligación y mayores estímulos a nuestra gratitud, víspera de Nuestra Señora de las Nieves, se ha servido Ntro. Señor obrar en otra imagen suya, otro nuevo prodigio.

Informe: Es esta Imagen de N. Señora una estampa de papel pintada al óleo, aforrada con un poco de bretaña que sirve de refuerzo a la debilidad del papel; tiene más de una tercia de largo, y algo más de palmo de ancho, y es copia de una imagen de Ntra. Señora que está colocada sobre el Sagrario de Ntra. Iglesia del Colegio Máximo de Córdoba, de donde la copió el hermano José Grimau, sujeto de esta Provincia. Y para que en todos tiempos conste, y se conserve viva la memoria del singular caso que acaba de suceder en esta Santísima Imagen que con él y otros semejantes intenta la Divina Providencia: Certifico en la mejor forma que puedo y debo, y haya lugar en derecho, que el caso es como se sigue:

Caso: El día 4 de Agosto de este presente año de 1749 se reparó en esta imagen un copioso y extraordinario sudor y lágrimas, tanto más dignas de extrañarse cuanto menos podían ocasionar semejantes efectos, el tiempo, lugar, el aire y la materia de que estaba formada la imagen. El primero que advirtió esta prodigiosa novedad, fue el P. Juan Arisaga que tenía colgada y arrimada a la pared, en medio del estante de los libros, y siempre a la vista, como estampa que era y había sido algunos años de su uso y devoción.

Tenía la Santa Imagen el rostro, ojos, cuello y lo demás que se descubría del cuerpo, bañado de una especie de agua clara y cristalina, que causó en el Padre, a la primera vista, mucha ternura y admiración. Las gotas que caían llegaban al pie de la estampa, en donde las detenía y hacía rebalsar una varilla torneada, que pegada al lienzo, servía para enrollarla a sus tiempos, habiéndose así mantenido por espacio de dos horas. Llamó el Padre Juan al Padre Alberto Aráoz para que éste reconociera también la imagen y ayudase a limpiarle el sudor, en efecto, tomando unos algodones y un podo de bretaña entre curiosos y admirados comenzaron a limpiar la imagen, añadiendo el P. Alberto: veamos si mañana sucede lo mismo, y si sucediere, digo que es una cosa maravillosa. Con esta diligencia quedó la imagen limpia, enjuta y restituída a la antigua serenidad. El día siguiente, cinco de Agosto, después de las dos y media fueron los mismos Padres a reconocer si en la imagen había alguna novedad, y habiéndola registrado con mayor curiosidad, cuidado y atención, la hallaron siempre enjuta y con la misma apacible serenidad en que la dejaron la noche antecedente. Pero a cosa de las siete de la noche de ese mismo día quinto, levantando el Padre Juan los ojos a su imagen reparó que estaba no solo bañada como la noche antecedente, sino que era mayor y copioso el sudor en el cuello, menos en el rostro y lo restante del cuerpo: dejó así sin tocar la imagen, y sin avisar a nadie por espacio de dos horas y media; pero viendo que iba siempre continuando ere irregular prodigioso suceso, se determinó a llamar a los Padres Baltasar Villafañe, Andrés Delgado y Alberto Aráoz, los cuales vieron, observaron y admiraron todo lo que acabo de referir. En esta ocasión me dieron el primer aviso; y fui a ver lo que pasaba, al principio no más que con una especie de curiosidad y por condescender con el Padre que me envió a llamar; pero después que ví, observé algún rato aquella soberana Imagen y pude hacer reflexión cotejando aquel extraordinario sudor y lágrimas con las causales que naturalmente podían influir en aquellos efectos, me persuadí enteramente que en ello había encerrado algún gran misterio, aunque oculto a nuestra gran cortedad, porque las causas naturales que allí concurrían habían de obrar precisamente efectos, no solo muy distintos, sino muy contrarios a los que nosotros veíamos y tocábamos con las manos. El aposento en que sucedió el caso, entre todos los que hay en el Colegio, es uno de los que hay más preservados de toda humedad y el aire que corría esos días, propios para no conservar la humedad, si para desecar la que había. El calor que este día hizo, y el antecedente y aun el subsecuente fue extraordinario e irregular, y propio de verano; por otra parte, no se podía a que el calor u otra cosa natural hubiese irritado los colores, porque si esto fuese así, necesariamente los colores se hubiesen movido de su lugar mezclándose y confundiéndose entre sí, y forzosamente se habían de haber desfigurado, y aún borrado la imagen, y mucho más habiéndose limpiado como se limpió el sudor la noche antes, y la imagen se mantenía entera y perfecta, en la misma perfección y claridad que antes del sudor. Tocábamos con los dedos el cuerpo de la imagen, y los dedos salían mojados con una agua clara y cristalina, experiencia que la hicimos los de la casa y los de fuera repetidas veces, y siempre con el mismo efecto, y para que fuese más justa nuestra admiración, se observó que estando el cuerpo de la imagen bañado en ese sudor y lágrimas no había ninguna humedad en toda la circunferencia, estando también pintado, como el cuerpo de la imagen, sobre todo el sudor y lágrimas eran sobre toda la circunferencia, tan perfectas, tan vivas y tan naturales que ni podían ni debían ser de otra manera, si el caso sucediese en otro cuerpo humano. Todo finalmente mostraba con claridad a los ojos, que allí obraba alguna mano primorosa, y superior a todas las causas naturales, y que el agregado de todas esas observaciones y experiencias bastaba para persuadir a cualquier juicio cristiano y prudente, que el suceso era sobrenatural y milagroso, con todo eso se hicieron algunas diligencias para examinarlo con mayor atención y vigor. Apartóse la imagen de la pared para registrar si en ella había alguna humedad que se comunicase a la estampa, y la pared estaba seca, como está ahora, y suele estarlo siempre; miramos el espaldar o bretaña que sirve de refuerzo y tocaba inmediatamente a la pared misma, y se halló la bretaña seca como la pared misma. Hízose la diligencia de despegar con cuidado la estampa de la bretaña hasta donde correspondía el sudor de la imagen para ver si entre una y otra se reconocía alguna humedad y no se halló ninguna, con que sirvieron todas estas diligencias para asegurarnos más de que el autor de este suceso era solo Dios obrador de semejantes maravillas. Por última diligencia hice que la imagen quedase aquella noche colgada y arrimada a los libros, para ver si mudando el sitio había alguna mudanza en lo demás y dejándola así, nos mudamos y nos recogimos todos en nuestros aposentos con aquellas reflexiones que engendra en el ánimo más tibio un objeto lleno de tantos y tan grandes misterios. Y yo con la determinación (si a la mañana permaneciesen las mismas señales) de llamar al maestro Don Gabriel Gutiérrez, Clérigo Presbítero, famoso estatuario, pintor, y como tal inteligente en materia de pintura y colores, para ver si este en fuerza del arte de pintura y de sus largas experiencias descubría alguna causa natural que no podíamos alcanzar nosotros.

El día seis por la mañana, después de primera misa, acudimos a ver la Santa Imagen todos los que la vimos el día antecedente. Asistieron también en esta ocasión los Padres Diego Hurtado, Juan Tomás Aráoz, Pedro de Castero y los hermanos Pedro de Echesarraga y Pedro Andreu, y todos miramos con mayor admiración y asombro, el estado mismo en que se vió la noche antecedente, igualmente copioso el sudor y las lágrimas, siempre con la misma viveza y perfección, corriendo de la frente para aquella parte a donde más inclinaba la cabeza, más copiosamente, y por todas las aberturas de los dedos hasta llegar a rebalsar en varias partes, entre la estampa y la varilla, bañada con el sudor lo restante del cuerpo. Después que la vimos los de casa, vino llamado el primero de todos, el que parece podía formar más seguro y cabal concepto de la materia, que fue el referido D. Gabriel Gutiérrez, que habiendo éste celebrado el santo sacrificio de la misa y encomendándose a Nuestro Señor y a la Santísima Virgen, entró a examinar el caso; miró la imagen con toda atención, hizo delante de muchos que estábamos presentes las experiencias y observaciones que le parecieron necesarias y convenientes; y después de todas ella, ninguno veneró con más señales de veneración y asombro este suceso que el dicho D. Gabriel, porque tomando la dicha santa imagen en sus manos, puestas las rodillas en tierra y derramando copiosas lágrimas de sus ojos, principió con estas palabras:
Qué nos cansamos aquí, Padres mios! Este es un milagro cierto, claro y sin rastro de duda; porque las causas naturales que podían aquí ocasionar alguna humedad, debían obrar efectos contrarios a los que vemos y palpamos con las manos. Y dejando a parte todo lo demás, es tan natural tan vivo y tan perfecto este sudor y lágrimas que el pincel más delicado y primoroso del mundo, no es capaz de imitarlo con tanta perfección. Esto, juzgo, que es aviso de Nuestro Señor con que nos previene de alguna calamidad para que reparemos el golpe con la penitencia, y que esta soberana Señora, como Abogada nuestra, pide por nosotros con este sudor y lágrimas en el tribunal de la divina justicia, Así lo siento, y así lo publico.

Este fue el sentir de Don Gabriel Gutiérrez, quien después de habérsele leído esta relación la aprobó y ratificó de nuevo. Habíamos determinado, aunque con gran recelo, enjugar segunda vez el sudor, y habiéndosele ofrecido para este efecto algunos algodones al dicho D. Gabriel, se resistió a hacerlo, diciendo: ¿pues no se hizo antes de anoche esta diligencia, para qué se la ha de hacer otra vez? Dios obra esas maravillas por sus altos fines, dejémoslo así, para que lo vean todos. Fuéronse después llamando las personas de mayor distinción y categoría; para que la noticia de un suceso como éste no careciese de toda aquella autoridad y carácter de los testigos. Vino el Sr. Don Francisco Ruiz de Villegas, Cura Rector y Vice Vicario de esta ciudad, por estar gravemente enfermo el Señor Don Francisco Castellanos, concurrió en compañía suya el señor Veedor Don Manuel de Frías; asistió en la misma ocasión el Señor Alcalde de segundo voto Don Agustín Castellanos, Don José Saravia, Don Miguel de Salas, Don Tomás Toranzos, Don Santiago Ruales, y todos hicieron a su satisfacción las observaciones y experiencias que a cada uno le sugería la prudencia, y aplicando los dedos a la Santísima Imagen, y haciendo experiencia del gusto y olor de aquel sudor prodigioso, sin que resulte de todas estas experiencias y diligencias más efecto que el de una singular ternura y admiración, reverencia y temor del secreto grande que se encerraba en aquel misterioso suceso.

A cosa de dos y media de la tarde, vino el Señor Alcalde de primer voto, el General Don Domingo de Isasmendi, en ocasión que a juicio de los que habían visto y observado el suceso desde sus principios, fue más copioso el sudor y lágrimas; es observación que hizo dicho Señor Alcalde, que no solo corrió el sudor y lágrimas, sino que brotaban de nuevo en tanta copia, que mirada la estampa por los lados, no se distinguía nada de la Imagen de Nuestra Señora sino el sudor y lágrimas. Asistió en la misma ocasión el Señor Alcalde de la Santa Hermandad, Don José Zavala; concurrieron otras muchas personas de todas las edades y estados, que iban y entraban todo el día a ver y admirar el suceso, y tocar rosarios en la Santísisma Virgen. Faltó este día, la singularmente apreciable y autorizada presencia del señor Coronel Don Juan Antonio Espinosa de los Monteros, Gobernador y Capitán de esta Provincia, por estar su Señoría indispuesto. A cosa de las cinco de la tarde, de este mismo día, se le advirtió que había ya secándose y como congelándose el sudor, pero quedando el cuello, rostro y manos salpicado de una gotas menudas que todavía humedecían cualquier cosa que llegaba a tocarlas, con lo demás, con el rostro tan apacible y sereno que entonces más que nunca se echaba de ver había sido extraño y milagroso el suceso antecedente.

Y de esta suerte quedó la Santa Imagen esta noche del día seis. Por la mañana del día siete amaneció la misma imagen rociada con las mismas gotas de la noche antecedente, y por haber tenido de que el Señor Gobernador estaba ya en pie, aunque absolutamente indispuesto, deseando que no faltase un testigo tan autorizado y superior de toda excepción para autenticar este suceso con la mayor solemnidad, pasé a rogar a su Señoría tomase el trabajo de venir al Colegio, y confiado en que el particular favor que de todos modos debemos a su Señoría, y mucho más confiado en que el singular amor y devoción tiernísima que profesa a la Santísima Virgen empeñarían a su Señoría a una acción (aunque molesta por las circunstancias), pero que podría contribuir a la gloria de esta Soberana Señora; y , en efecto, pasó luego su Señoría al Colegio, aunque con incomodidad y trabajo. Vinieron en su compañía el Veedor Don Manuel Frías, el Comandante Don Martín Jauregui y Don Francisco Fernández, don José Infantes, Don Francisco Moreno, y todos vieron con admiración claras y recientes todas las señales del copioso sudor y lágrimas que habían corrido los tres días antecedentes; vieron allí mismo con igual admiración, salpicada la imagen de aquellas gotas menudas que humedecían los dedos de quienes las tocaba. Lo que hubo por espacio de aquel día, como lo vieron y experimentaron otras muchas personas de todas condiciones y estados. El siguiente día ocho de Agosto, se reparó estaba ya enjuta la imagen, y que en lugar de aquellas gotas menudas sucedieron unos puntos resplandecientes como estrellitas menudas, y así perseveran hasta la hora presente. Quedan asimismo, claras y patentes las señales por donde corría el sudor, quedan también manifiestas en varias partes las señales del sudor que estuvo rebalsando entre la imagen y la varilla. Quedan, finalmente, el rostro, cuello y manos, de la misma manera que suele y debe quedar un cuerpo humano que no se ha lavado después de un copioso sudor. Y habiendo durado tanto tiempo esas señales, parece perseverarán perpetuamente para que permanezca siempre viva la memoria de este prodigioso suceso. Este día por la tarde se expuso la Santa Imagen a la pública veneración en la iglesia y se dio principio a una misión y novena a Nuestra Señora.

Hasta aquí el relato de Mons. J. Toscano, solo me resta agregar que en el día 13 de Setiembre de 1952, en una ceremonia digna del recuerdo, se procedió a realizar la coronación de la Virgen de las Lágrimas. La ceremonia se realizó en el Cabildo Histórico y lugo la imagen se llevó procesionalmente a la Catedral.