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La Historia del Milagro

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Podemos decir, sin temor a qeuivocarnos, que el Milagro marca la identidad del salteño, que se envuelve en una multitud de exteriorizaciones que difícilmente puedan ser comprendidas sin ir a lo más profundo, que es el misterio del encuentro con Dios.

Encuentro con Dios, que se realiza, por que es el mismo Dios quien sale al encuentro de sus hijos, recordemos la parábola del hijo pródigo y la estrofa del Himno al Señor que nos dice que fue El quien primero se acercó a nosotros:
... llegaste a este suelo, con tu amor buscando el amor de un pueblo.

Otra estrofa del mismo himno expresa la respuesta que dieron los hijos en 1692:
Y al fin comprendiendo tu llamado extremo, a tus pies llevaron su arrepentimiento; llanto y penitencia, contricción y ruegos.

El paso de los años y de los siglos no menguó el espíritu del milagro. Actualmente a las puertas del tercer milenio en medio de un mundo que nos abruma con un materialismo desmedido, invadidos por los medios de comunicación social que cada día nos aíslan más del contacto con los hermanos, con falta de propuestas valederas para nuestros jóvenes, reconforta ver que en el tiempo del Milagro, nos cuesta conseguir un sacerdote para recibir el sacramento de la Reconciliación. No porque no haya sacerdotes, sino porque el Milagro de las conversiones que se verifican para este tiempo son tantas que los muchos sacerdotes misioneros que se encargan de la tarea de administrar este sacramento, resultan muchas veces insuficientes o más bien se ven superados por la cantidad de fieles. Y la Reconciliación supone en sí misma el propósito de buscar un mundo más justo, misericordioso y fraterno.

El tiempo del Milagro es también tiempo de Jesús Eucaristía. Recordemos que cuando los terremotos de 1692, la primera procesión que se realizó fue con el Santísimo Sacramento. Y es María del Milagro quien nos dá el ejemplo:
Al pie del Sagrario, allí intercediento, el perdón pediste por nuestros excesos.

La celebración del Milagro se realiza en torno de la Mesa Eucarística, donde los hermanos se reúnen, se reconocen como tal, y reconocen a Jesús como el Hermano Mayor, el Primogénito, el Salvador, el Camino, la Verdad y la Vida.

El tiempo del Milagro es tiempo de celebrar y agradecer a nuestra Madre su amoroso cuidado. El Milagro es eminentemente Mariano:
En esta tu escogida ciudad en la cuál ostentas tu amor, mírame con semblante risueño, que aunque pecador y desagradecido, soy hijo tuyo, y te venero y amo como a madre amorosa y admirable. (de la novena del Milagro.)

Y por último se debe destacar que el Milagro es el tiempo de la Palabra de Dios. Dios se manifiesta, hoy como lo hiciera hace más de trescientos años en Salta, cuando le habló al Jesuita José Carrión. También hoy, para el que sabe escuchar, la voz del Señor se hace presente para mostrarnos el camino.
La prédica, la meditación, el sermón cuidadosamente preparado ha sido infaltable desde el inicio de las festividades del Milagro. En sus origenes los Padres Jesuitas y actualmente los Párrocos locales y/o notables sacerdotes, especialmente invitados, tienen a su cargo la tarea de expresar la Palabra de Dios que cae en cada corazón para dar frutos de Vida Eterna.

Sobre el final de la tarea de redactar esta Historia del Milagro, solo me resta expresar el convencimiento personal de que el Milagro no solamente es aquello que sucedió en 1692, el mayor milagro es el de las conversiones, el del cambio de vida como una desición personal, es la perseverancia de los hombres de buena voluntad, es sentir cerca, muy cera el cariño de la Madre del Cielo y el Amor del Padre Bueno que siempre espera.

Quisiera terminar con una frase que sobre el Milagro escribió Mons. Raúl Casado, un enamorado del Milagro salteño y que readactara algunas de las reflexiones más bellas que he leído sobre este tiempo:
"Hay pueblos donde la mano de Dios pareciera haberse detenido en bendiciones. Salta puede contarse entre ellos. Reconocerlo no es afirmación de orgullo o vanagloria sino la toma de conciencia de una gracia inmerecida y de una responsabilidad inmensa." (Mons. Raúl Casado).